
Este mes entre el 15 y el 20 de abril, el Papa Benedicto XVI hizo su primera visita apostólica a los Estados Unidos de América. El tema de su visita fue “Cristo Nuestra Esperanza”. El centro del mensaje papal durante este tiempo fue “el hombre necesita a Dios, de otra manera él permanece sin esperanza”.
Días antes de la visita del Papa, ya el entusiasmo crecía en la capital de nuestra nación, por la presencia del Santo Padre.
Cuando yo atendí algunas de las reuniones con mis hermanos obispos en Washington D.C. el mes pasado, un número de personas se me acercó para preguntarme si iba a volver para la visita papal. Hay más católicos, por supuesto, en el Distrito Capital, y como resultado de la visita Papal, hay sin lugar a dudas más “aspirantes” a católicos de los que hay aquí. El viaje del Papa no sólo lo llevó a Washington D.C. sino también a Nueva York.
Aquí en la costa oeste nosotros nos podríamos sentir excluidos por la selección de esas dos ciudades en las que estuvo el Papa durante su visita. Pero Washington D.C. es la capital de nuestra nación. El presidente George Bush saludó al Papa a su llegada y también le dio la bienvenida en la Casa Blanca.
El Papa Benedicto XVI fue a Nueva York con el fin de dirigirse a las Naciones Unidas como lo han hecho sus predecesores en el pasado. Él igualmente participó en la celebración del bicentenario de la primera provincia metropolitana americana cuando Baltimore se convirtió en arquidiócesis.
El Papa llegó el martes 15 de abril. Al día siguiente visitó la Casa Blanca y se unió a los obispos de los Estados Unidos, para un servicio de oración privado y una reunión en la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción. De manera natural, nosotros los obispos estamos divagando sobre lo que él dijo.
El Papa Benedicto XVI celebró la Eucaristía en el nuevo Parque de los Nacionales de Washington (un equipo de béisbol). Hubo algunos representantes de nuestra arquidiócesis durante la misa, incluyendo dos de nuestros sacerdotes y yo.
El viernes por la mañana, 18 de abril, el Papa Benedicto XVI viajó a Nueva York y allí se dirigió a las Naciones Unidas. En la noche hubo un servicio de oración con los líderes de otras denominaciones cristianas en la iglesia de San José fundada por católicos alemanes en Manhattan.
El sábado en la mañana, 19 de abril, fue la misa para sacerdotes, diáconos y miembros de órdenes religiosas en la Catedral de San Patricio, en la Quinta Avenida en Nueva York. Esa tarde el Santo Padre se reunió con jóvenes católicos en el Seminario de San José en Yorkers, incluyendo cincuenta jovencitos y jovencitas discapacitados. Allá hubo una gran reunión de personas jóvenes, incluyendo cientos de seminaristas, que participaron en este servicio de oración, para escuchar las palabras del Papa.
Su último día el Papa lo aprovechó para visitar la “Zona Cero”, el lugar donde ocurrió el ataque terrorista el 11 de septiembre del 2001, en el Centro de Comercio Mundial. Esa tarde hubo una misa en el Estadio Yankee para cerrar la visita. Entonces, alrededor de las 8.00 de la noche, el Pastor Uno, el avión de Alitalia fletado por el Papa, despegó del aeropuerto JFK y se dirigió a la Ciudad Eterna.
Durante su visita a los Estados Unidos, el Papa Benedicto XVI estuvo presente en dos aniversarios personalmente significativos. El 16 de abril fue su cumpleaños número 81. El 19 de abril conmemoró su tercer aniversario desde la elección como Obispo de Roma.
Algunas personas divagan sobre cómo le ha ido al Papa en Roma. Después de todo, su predecesor de Polonia atrajo todo tipo de visitantes a la Ciudad Eterna. Según datos estadísticos, 2.8 millones de personas participaron de los eventos con el Papa Benedicto XVI en Roma, en 2007. Estas cifras son las más altas en la historia de cualquier Pontífice. Con más de un billón de católicos alrededor del mundo, él obviamente carga sobre sus hombros responsabilidades considerables para el bienestar espiritual de todos y por la fidelidad de nuestra iglesia en su misión evangelizadora.
El Papa Benedicto XVI es considerado un excelente teólogo y maestro. Él ya ha publicado dos encíclicas importantes, una sobre el amor y la otra sobre la esperanza. Su libro más vendido, “Jesús de Nazaret’, es realmente un mensaje de amor en el que él habla en forma muy personal de su propia búsqueda del rostro de Jesús.
Domingo de la Divina Misericordia
El segundo domingo de la temporada de Pascua, el mundo católico celebra el Domingo de la Divina Misericordia. Esta fiesta es oficial desde cuando el Papa Juan Pablo II canonizó a Santa María Faustina, el 30 de abril de 2000. ¿Qué es esta misericordia divina que nosotros conmemoramos el octavo día de la pascua? Todo esto se reduce al darnos cuenta de que la misericordia de Dios es mucho más grande que nuestros pecados.
Cuando nosotros apelamos a Él con gran confianza y contrición, recibimos su misericordia y nos convertimos en instrumentos de su misericordia con otros. Esta devoción especial a Jesús como “Misericordia Divina” se basa en los escritos de la Hermana Faustina Kowalska, una monja polaca que escribió un diario en el cual ella registra las revelaciones que recibió acerca de la Misericordia de Dios.
Nuestro “Gran Domingo”
Los cincuenta días desde el Domingo de Resurrección hasta Pentecostés son descritos como un “Gran Domingo”, por uno de los primeros maestros de la iglesia, San Atanasio.
En todos nuestros santuarios el cirio pascual alumbra durante cada celebración de la Eucaristía a través del “Gran Domingo”. El cirio, por supuesto, es una señal visible del Señor resucitado, siempre presente entre su gente.
El cirio es también un recordatorio de que tenemos que traer esa luz a otros cuando nosotros dejemos la iglesia y retornamos a nuestras casas y a nuestras comunidades.
La luz de Cristo que brilló esa primera mañana del domingo de Pascua para sus testigos escogidos, ahora debe brillar para todos los otros a través de la iglesia, lo que significa a través de nosotros.