La cultura mexicana, afianzada en su identidad particular, no distingue entre la vida y la muerte. Todo es vida y la muerte es parte de ella, y no parte final, sino el inicio perpetuo. Todos trascendemos la muerte, porque la muerte nos precede. Sin la muerte de nuestros antepasados no tendríamos vida propia.
Lo que en occidente se llama ‘muerte’, en México es visto como parte de la vida, continuidad, permanencia y renovación, por eso aún el Día de los Muertos, tiene connotación de fiesta, no de un momento de dolor.
Como decía un poeta indígena: “todos tendremos que ir al lugar del misterio”. Para Carlos Fuentes: “si la muerte es inevitable, no puede ser mala” y quizás por ello, los mexicanos se relacionan con ella con mayor frescura y desinhibición dentro de su cultura. Este fenómeno no es generalizado en los otros países latinoamericanos.
Para el mexicano, todos los vivos, cargamos la muerte con nosotros y es nuestra compañera de viaje. Nos alerta ante el peligro y nos recuerda en cada momento nuestra naturaleza perentoria y limitada.
Por ello resulta tan relevante la sobrevivencia y el creciente auge que tiene cada año la celebración del Día de los Muertos, porque con ella nos revelamos, nos revaloramos, reconocemos en nuestras sólidas raíces indígenas el legado que nuestros descendientes continuarán ofrendando a nuestros muertos, para continuar viajando en el interminable camino de la vida, que, con la muerte, sólo significa un cambio de ciclo renovador.
Epoca prehispánica
Desde el inicio de la humanidad, el hombre emprendió un camino en su proceso cultural, y de alguna manera, al mismo tiempo nació su preocupación por la muerte, que ha sido una constante en el pensamiento humano. La muerte es el misterio de la existencia humana. Un misterio que va unido a lo desconocido, que ha intrigado al hombre y le ha causado miedo. “Al no poder explicar satisfactoriamente el hecho natural de morir, el hombre ha creado una elaborada y complicada cosmogonía, en la que la muerte misericordiosamente deja a un lado su función terminal, para convertirse en una esperanza.
Esperanza de una vida posterior en la que se continúa existiendo y en la que la muerte es simplemente el instrumento que transforma cualitativamente la existencia.
Dentro del ámbito mesoamericano (del área de México, América Central y las Antillas) florecieron importantes culturas. Todas crearon cosmogonías interesantes y relevantes sobre el cotidiano hecho de morir. Sin restarle méritos a ninguna, es importante hablar de las diversas concepciones de la muerte en el pensamiento mexica o azteca.
Creían los mexicas que la vida de todo hombre estaba constituida por tres fluidos vitales: el ‘tonalli’, localizado en la cabeza; el ‘teyolía’, cuyo centro está en el corazón y el ‘ihíyotl’, asentado en el hígado. Gracias a estos tres componentes la vida era posible y todos ellos eran imprescindibles y compartían la misma importancia.
Los antiguos nahuas pensaban que cuando un hombre moría, se producía la desintegración de los tres elementos vitales del cuerpo. La armonía estructural se volvía desarmónica al separarse estos tres elementos, y entonces se desarrollaba el acto de morir.
En la tradición indígena, una vez la muerte había separado los elementos vitales, el alma o ‘teyolía’ del difunto, tenía la posibilidad de ir a cuatro lugares, localizados más allá del mundo terrenal. A ellos se accedía, no por el buen o mal comportamiento que se había llevado en vida, sino por la forma de morir, por el grupo social al que se había pertenecido en vida.
Los niños de pecho, que no habían llegado a probar el maíz y por lo tanto, desconocían el significado de la actividad sexual, iban al morir a un lugar denominado, ‘Chichihualcuauhco’ o ‘Tonacuauhititlan’, en el que permanecían hasta que les era dado el momento de retornar a la tierra para vivir una segunda vida.
Las almas de los muertos que habían tenido una muerte común y corriente, llegaban al ‘Mictlán’. Aquí se albergaban los difuntos de poca importancia que no habían sido elegidos para integrarse a una divinidad o para convertirse en dioses. Cuando llegaban hacían entrega de todos los aperos que llevaban consigo para que fuesen destruidos. El camino del ‘Mictlán’ no era nada fácil, pues implicaba muchos peligros y dificultades.
Para que el tránsito al más allá pudiera efectuarse satisfactoriamente, los deudos del muerto estaban obligados a llevar a cabo ciertas ceremonias previas que propiciaran el viaje.
El ‘teyolía’, separado ya del cuerpo y antes de iniciar su viaje a una de las cuatro regiones, se quedaba en la tierra durante cuatro días. Transcurridos estos, el alma emprendía el camino.
Mientras tanto, al muerto se le dedicaban ofrendas especiales colocadas junto a las hogueras y cuyo fin era conducir el alma, puesto que, mediante el fuego, el ‘teyolía’ adquiría la fuerza capaz de llevar a aquella a su destino final. Después, los familiares procedían a decir ciertas oraciones de carácter sagrado.
Como el viaje al más allá era agobiante y agotador, debía prepararse el alma desde el instante mismo en que el futuro muerto empezaba a entrar en estado de agonía. Para ello, el agonizante consumía una bebida llamada ‘cuauhnextolli’, que daba fuerza al ‘teyolía’. Además se le proporcionaba un ajuar con utensilios y ropa necesarios para emprender el viaje a las regiones pertinentes. Si se trataba del ‘Tlatoani’ o jefe supremo, se sacrificaban varios de sus servidores para que los acompañaran en el viaje y lo atendieran tal y como estaba acostumbrado en vida.
Entre los mexicas existían dos tipos de ritos funerarios: la cremación y el entierro. Los muertos comunes se incineraban. Antes de ello, los vestían con sus mejores galas y los ataban en posición fetal; se les envolvía con varias telas y los amarraban con sogas hasta formar una especie de fardo funerario. En seguida, se adornaban con banderas de papel y con plumas, colocándose además una máscara esculpida y decorada con mosaicos. Cuando estaba preparado el cuerpo, se colocaba sobre una hoguera cuyo fuego alimentaban algunos ancianos. Al mismo tiempo, se efectuaban cantos funerarios llamados ‘micoacuicalt’.
Por su parte, el entierro, estaba reservado a todos aquellos que habían muerto por enfermedades relacionadas con el agua, a causa de un rayo, por lepra, gota o hidropesía. El enterramiento era para los altos funcionarios o los altos soberanos. El entierro era una forma de mostrar el nivel social y sacralizarlo.
Refranes
Por otra parte, como medio de expresión de la cultura popular, los refranes nos muestran que aunque la muerte es ineludible, la vida continúa:
*“El muerto a la sepultura y el vivo a la travesura”.
*“El muerto al pozo y el vivo al gozo”.
*“La muerte me pela los dientes”.
*“Al fin para morir nacimos”.
*“Ay muerte no te me acerques que estoy temblando de miedo”.
*“Al cabo, la muerte es flaca y no ha de poder conmigo”.
*“El que por gusto muere hasta la muerte le sabe”.
La música participa activamente de los ritos y celebraciones. La costumbre de tocar música es común en muchos de los estados de la república mexicana. Y entre los géneros que se tocan se distinguen las marchas fúnebres, los “misereres” las “valonas”, los “minutos”, los valses como el famoso “Dios nunca muere”, que además es el segundo himno de los zapotecos de Oaxaca.
La forma como ha convivido el mexicano con la muerte, le ha dado otro significado. “Que si no le tiene miedo, que si se burla de ella, que si se la come y la domina, que si lo reta”. Lo que sí es un hecho es que el mexicano ve la muerte como un símbolo milenario, dual, inseparable del concepto de la vida. Que rige nuestra existencia dentro de un misticismo materializado de una fiesta que no se pierde, que se mantiene a través del tiempo, como un elemento de cohesión y como parte esencial de nuestro ser.
El Consulado de México, celebró esta importante fiesta el pasado 4 de noviembre en una velada que reunió a los líderes de la comunidad e invitados especiales. Esta tradición mexicana una vez más tuvo su fecha en el calendario y por eso se perpetúa año tras año.
*Tomado de la Celebración del Día de Muertos en México. José Antonio Mac Gregor y Sonia Iglesias. Archivo Consulado de México en Portland, Oregón.