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22 de Julio de 2016 2:32:00 PM
La Ley Suprema de la Iglesia

Arzobispo Alexander K. Sample


Perdonen los lectores un poco de navegación en las aguas del Derecho Canónico, pero no puedo evitarlo: después de todo, soy Abogado titulado en Derecho Canónico, ley que rige a la Iglesia Católica. Jesús nos enseña en el Evangelio que los dos mandamientos más importantes son el amor a Dios y amor al prójimo, con toda certeza.

Pero, ¿cuál es el amor más grande que le profesamos a Dios y al prójimo? ¿Acaso, amar con gran amor no significa que llevaremos a tantas personas como sea posible a conocer el amor y la misericordia de Dios, y que algún día, estaremos con él en el cielo para siempre?

El Código de Derecho Canónico de la Iglesia contiene 1,752 leyes que cubren todo: desde la organización estructural de la Iglesia como pueblo de Dios, la enseñanza de la fe, la vida sacramental de la Iglesia, la administración de los bienes materiales de la Iglesia, e incluso el derecho penal y derecho procesal. Pero, para que ninguno de nosotros (especialmente los abogados canónicos) olvidemos el propósito de todo este conjunto de leyes, la última ley (o “canon”) establece que la “salvación de las almas” es la ley suprema de la Iglesia y debe estar siempre ante nuestros ojos.

La salvación de las almas. ¿Con cuánta frecuencia escuchamos este lenguaje en la Iglesia de hoy? No muy a menudo, me temo. Y sin embargo, ¡esa es la misión de la Iglesia! Para enfatizar este punto, el Catecismo de la Iglesia Católica, citando el Concilio Vaticano II, dice: “Como Sacramento, la Iglesia es instrumento de Cristo. Ella es asumida por Cristo ‘como instrumento de redención universal’, ‘sacramento universal de salvación’, por medio del cual Cristo ‘manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios al hombre’. Ella es el proyecto visible del amor de Dios hacia la humanidad’ que quiere ‘que todo el género humano forme un único Pueblo de Dios, se una en un único Cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espírítu Santo’” (n. 776).

Se pueden preguntar: “¿Por qué estoy haciendo énfasis en este punto?” Porque yo creo sinceramente que estamos en peligro de perder el foco de atención en el cumplimiento de la misión que Cristo ha confiado a todos nosotros en la Iglesia. Nuestra misión principal es llevar a tanta gente como sea posible hacia el único Pueblo de Dios, para incorporarlos en el único Cuerpo de Cristo, y ser edificados como el templo de Dios, animado por el Espíritu Santo. El don de la salvación eterna es el don más grande que Dios nos ha dado, un don comprado a un precio muy alto: la sangre de su Hijo unigénito.

Jesús comenzó su ministerio público proclamando atrevidamente: “El Reino de Dios está cerca. Renuncien a su mal camino y crean en la Buena Nueva” (Marcos 1, 15). Sus últimas palabras a los Apóstoles de la Iglesia antes de su ascensión fueron: “Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia” (Mateo 28, 19–20). El mensaje es claro. Arrepentirse, creer, seguir adelante y bautizar. La misión esencial es espiritual, centrada en la acción de unir a las personas a la vida en Cristo.

A lo largo del Evangelio, Jesús habla de los peligros de perder el don de la salvación, perder el momento de nuestra redención y del riesgo de tener un castigo eterno por rechazar el ofrecimiento que Dios nos dio en la muerte y resurrección de su Hijo. Una de las declaraciones más sorprendentes de Jesús es ésta: “Entren por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina, y son muchos los que pasan por él” (Mateo 7, 13–14).

Parece que nuestro entorno actual cultiva el punto de vista opuesto. Nuestra cultura parece decirnos que hay que vivir la vida de un modo fácil y amplio, que la mayoría de la gente encuentra ese modo de vivir, mientras que, el camino de la destrucción es angosto y duro, y que, en realidad, muy pocas personas terminan allí. Yo prefiero vivir conforme las palabras de nuestro Santísimo Señor Jesucristo.

La razón por la que creo, al menos en parte, que estamos en peligro de perder el mensaje esencial y primario de la salvación de las almas se basa en lo que veo que para muchos significa ser un buen católico: ser amable, tolerante y hacer buenas obras. Muchas personas han reducido ser un buen y fiel católico a eso solamente. Creen que hacer proyectos de servicio a los pobres y necesitados, y no hacer ningún juicio sobre la conducta humana y el pecado, entonces, ya se está cumpliendo el mandato del Evangelio.

Si bien es una cosa buena e incluso esencial que un discípulo de Jesús se preocupe por los pobres y busque la justicia para los oprimidos en este mundo, hay mucho más en el mensaje de la redención en Jesucristo. Es necesario seguir los Diez Mandamientos, evitar el pecado y arrepentirse y buscar el perdón cuando fallamos. Nuestra salvación eterna depende de todas estas cosas, como Jesús mismo enseñó. Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos (Juan 14, 15).

La misericordia de Dios se extiende a todos nosotros cuando hemos pecado y nos arrentimos. No hay límite a esa misericordia. Es infinita. Pero hay que buscarla. Si decimos que no somos pecadores y no estamos en necesidad de la misericordia de Dios, hacemos de Dios un mentiroso. “Éste es el mensaje que recibimos de él y que les anunciamos a ustedes: que Dios es luz y que en él no hay tinieblas. Si decimos que estamos en comunión con él mientras caminamos en tinieblas, somos unos mentirosos y no actuamos en la verdad. En cambio, si caminamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de Jesús, el Hijo de Dios, nos purifica de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos estamos engañando a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Pero si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad. Si dijéramos que no hemos pecado, sería como decir que él miente, y su palabra no estaría en nosotros” (1 Juan 1, 5–10).

La verdadera piedad va más allá de la justicia. Pero la misericordia no se opone a la justicia. Nuestra misión es, sólo por la gracia de Dios, buscar la salvación de nuestras almas y llevar con nosotros a la mayor cantidad de gente al cielo, sólo como Dios nos use como sus instrumentos de gracia y misericordia. La ley suprema de la Iglesia es la salvación de las almas.

 



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