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Inicio : Comunidad y Fe : Columna Arzobispo Alexander K. Sample 22 de Septiembre de 2017

20 de Junio de 2016 3:15:00 PM
¿En qué consiste una vida exitosa?

Arzobispo Alexander K. Sample


Ahora que ha terminado la temporada de confirmaciones de primavera y he salido de lo que el Arzobispo Vlazny llama: el “Camino del “Crisma”, me gustaría compartir con todos ustedes el mensaje esencial que le di a los jóvenes este año. El mensaje se centra en ayudar a los jóvenes a entender “quiénes” son y “por qué” son. Esas son dos preguntas fundamentales que nosotros los adultos también debemos contestar, no sólo los jóvenes. Para exponer mi punto volví al Catecismo de Baltimore, conocido por muchos católicos de la generación anterior. Hice dos preguntas específicas que los estudiantes tuvieron que aprender.

“¿Quién te hizo?” Fue una delicia escuchar a los que habían sido educados con el Catecismo de Baltimore, pues ellos respondieron de inmediato: “Dios me hizo”. Esto puede parecer una pregunta y una respuesta obvia y demasiado simple, pero en realidad es muy profunda. Con el fin de entender lo que somos, tenemos que reflexionar más profundamente sobre este punto. Dios me hizo.

Cada uno de nosotros viene directamente de la mano de Dios. Nuestros cuerpos pueden ser el resultado de la unión biológica de nuestros padres, pero nuestra alma viene directamente de la mano del Creador. Nuestra alma es creada inmediatamente por Dios y se infunde en nuestro cuerpo en el momento de la concepción (como dicen la mayoría de los teólogos). Esto significa que cada uno de nosotros como individuo no es un accidente, o un ser humano creado por azar, a través de un proceso natural. Dios hizo el plan para crearnos. Así lo quiso. Su voluntad divina nos llamó a la existencia. Esto concede a cada persona humana la dignidad profunda de haber sido deseada y creada por Dios.

Nuestra alma es realmente lo que somos. Nuestra inteligencia, voluntad, imaginación, memoria, e incluso, nuestra personalidad están en nuestra alma. Esto nos ayuda a entender lo que somos. Con toda nuestra individualidad, nuestros dones, talento y bondad y, con nuestras flaquezas y defectos, somos personas únicas, creadas a imagen y semejanza de Dios, aunque heridas por el pecado original. Pero, ¿por qué existimos? ¿Por qué Dios quiso hacernos? ¿Por qué Dios te hizo a TI?

Esto nos lleva al significado y propósito de nuestra existencia… de nuestra vida. Y, felizmente, muchos respondieron adecuadamente a esta pregunta. “Dios me hizo para conocerlo, amarlo y servirlo en este mundo, y para ser feliz con él para siempre en el cielo”. Realmente, así de sencillo. Y, sin embargo, con demasiada frecuencia, olvidamos este hecho esencial y vivimos nuestras vidas como si ese hecho no fuera el centro de todo.

Dios nos hizo para conocerlo. Él no es una fuerza impersonal, una cosa vaga, o un ser supremo que simplemente mantiene unido el universo, como lo hace “la fuerza” que se menciona en Star Wars. Dios hace eso, pero Dios es mucho más. Él es un Dios personal que nos ha creado para conocerlo, como él nos ha conocido. Dios ha conocido a cada uno de nosotros desde toda la eternidad. Siempre hemos estado en la mente y el corazón de Dios, mucho antes de que Él creara el primer ángel o dijera: “Hágase la luz”. Nunca hubo un “tiempo”, en el cual Dios no nos conociera. Y ahora, Él quiere que nosotros conozcamos a nuestro Creador de una manera muy real y personal.

Y nos hizo para amarlo. Fue puramente por su propia bondad y amor que nos hizo a cada uno de nosotros individualmente. Él nos amó primero. Él quería crear una criatura fuera de sí mismo que luego pudiera volver a su amor y entrar en una relación de amor con Él. ¡Eso es lo increíble! Existimos para amar a Dios. Lo increíblemente triste es que muchas personas pasan por la vida y nunca descubren esta razón esencial para nuestra existencia.

Conocer y amar a Dios es servirlo. No con un sentido servil de servicio, sino servirlo por amor. Es porque lo amamos que queremos hacer cualquier cosa por Él. Recuerda la primera vez que llegaste a amar profundamente a otra persona. Querías hacer todo lo posible para complacerla. Así es con Dios.

Cualquiera que sea nuestro camino en la vida, ya sean casados, solteros, sacerdotes o religiosas, toda nuestra vida debe servir a Dios. Toda nuestra vida, no sólo la parte que damos a Dios el domingo. Incluso en nuestro trabajo o carrera, todo lo que hacemos debe ser visto en esta luz de servicio a Dios.

Todo esto sucede en este mundo, para que un día que podamos ser felices con Él para siempre en el reino de los cielos. Y ese es el fin supremo y el destino de nuestra vida. Estamos hechos para la eternidad. El alma es inmortal. No morirá y no puede morir. Dios lo quiso así. Nos creó para que, un día, veamos cara a cara su bondad y amor para siempre. Si eso está en nuestra mente todos los días, cada decisión que tomemos y cada cosa que hagamos tendrá la forma de esa verdad. Realmente, saber y recordarlo siempre es la guía en nuestro camino hacia la eternidad.

Estamos atrapados en tantas preocupaciones y decisiones de la vida diaria. Voy o no voy a la universidad; a cuál universidad voy; qué carrera quiero estudiar. Me caso o no; seré sacerdote o religiosa. Si me caso, cuántos hijos voy a tener; dónde quiero vivir? Y muchas otras preocupaciones. Todas estas son cosas importantes y buenas para tener en cuenta, pero nunca debe olvidarse el verdadero significado y el propósito de mi vida.

Todos queremos tener “éxito” en la vida. Pero, ¿en qué consiste el verdadero éxito? Al final de nuestra vida, sólo una cosa importará: ¿Cómo he llegado a conocer, amar y servir a Dios? En la medida en que lo haya hecho, esa será la medida suprema del éxito.

 



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