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Inicio : Comunidad y Fe : Columna Arzobispo Alexander K. Sample 24 de Septiembre de 2017

13 de Junio de 2016 11:39:00 AM
Alegrarse... ¿en el sufrimiento?

Arzobispo Alexander K. Sample


“Queridos hermanos, no se sorprendan por el incendio que ha prendido en medio de ustedes para ponerlos a prueba. No es algo insólito lo que les sucede. Más bien alégrense de participar en los sufrimientos de Cristo, pues también se les concederán las alegrías más grandes el día en que se nos descubra su gloria” (1 Pedro 4, 12).

A nadie le gusta sufrir. De hecho, la mayoría de nosotros hace hasta lo imposible por evitarlo. Parece que estamos trabajando arduamente para eliminar cualquier sufrimiento, las dificultades e incluso para alejar todo aquello que es inconveniente en nuestras vidas. Muchos perseguimos el mayor confort, la comodidad y el placer en nuestra vida diaria. Pero, ¿es ése el camino cristiano? Según san Pedro, e incluso según nuestro Santísimo Señor: No, ése no es el camino. Mientras estaba reflexionando sobre el pasaje anterior, de la primera carta de San Pedro, leído en la misa en días pasados, me llamó la atención la forma en que san Pedro comunicó ese mensaje: que no debemos estar sorprendidos por el sufrimiento, puesto que vendrá como resultado de ser discípulos de Cristo. De hecho, él nos está diciendo que éste es el estado normal de las cosas para una persona que sigue a Jesús. Así que de ninguna manera debemos pensar que es extraño o fuera de lo normal que el sufrimiento llegue a cualquier persona cristiana que vive en el mundo.

Pero san Pedro va aún más lejos con su tema. No sólo no debemos sorprendernos, sino que debemos alegrarnos, precisamente porque se nos ha permitido participar en los sufrimientos de Cristo. Pero, ¿alegrarnos en el sufrimiento? ¡Intenten vender esa idea a nuestra cultura actual!

Pero el mismo Jesucristo nos enseña en términos muy claros que el sufrimiento y las dificultades irán de la mano por ser sus discípulos:

“Si el mundo los odia, sepan que antes me odió a mí. No sería lo mismo si ustedes fueran del mundo, pues el mundo ama lo que es suyo. Pero ustedes no son del mundo, sino que yo los elegí de en medio del mundo, y por eso el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más que su patrón. Si a mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes. ¿Acaso acogieron mi enseñanza? ¿Cómo, pues, acogerían la de ustedes?” (Juan 15, 18–20 y Juan 16, 33).

En otra parte, Jesús nos da nuestra "orden de partida" si vamos a ser sus discípulos: “Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga” (Lucas 9, 23–24).

Entonces, ¿qué parte de este importante aspecto del mensaje del Evangelio no entendemos? No estoy señalando con el dedo, ya que, a veces, me encuentro deseando lo más fácil, tratando de encontrar el camino, más cómodo y tranquilo. Pero, sin duda, como pastor de la Iglesia de Cristo y por estar configurado sacramentalmente a Cristo, yo no debería estar sorprendido por el precio que debo pagar en este mundo para permanecer en Cristo.

Pero esto va para todos los seguidores de Jesús. ¿Por qué estamos sorprendidos y con miedo a pagar el precio? En la cultura secular y relativista extendida en el oeste de Oregón, estamos tan tentados a aceptar lo que piensan los demás, para que nadie se moleste. ¿Por qué tenemos miedo de hablar y dar testimonio de la verdad de nuestra fe ante nuestros vecinos? Tal vez no creemos con suficiente fuerza en la Palabra de Cristo y en su promesa.

Jesús nos dice que estemos de buen ánimo, en medio de la tribulación por él, porque ha vencido al mundo. Nos dice que si estamos dispuestos a perder nuestra vida por él, en realidad, la conservaremos para la vida eterna. En otras partes de los Evangelios Jesús nos dice: “Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mateo 5, 10–11).

Hay que “alegrarse”, ¡sí, ser felices! Se supone que debemos no sólo aceptar o contentarnos con los sufrimientos por nuestra fe, sino que deberíamos estar felices y regocijarnos, no por nosotros mismos, sino por la promesa de Cristo, de la victoria final, en el reino de los cielos.

A todo esto se refiere san Pedro en el texto ya citado. Estamos dispuestos a regocijarnos en nuestros sufrimientos por Cristo y el Evangelio, porque cuando la gloria de Cristo se revele en el fin del mundo, recibiremos nuestra recompensa eterna. Seguramente, los mártires entendían eso.

 

En el mundo de hoy, en algunas partes del Oriente Medio y en otros lugares, nuestros hermanos y hermanas en Cristo están siendo perseguidos, expulsados de sus hogares, denigrados, torturados e incluso asesinados, simplemente por ser discípulos de Jesús. Incluso en nuestro propio país, los cristianos están perdiendo empresas, siendo demandados, e incluso encarcelados por sus intentos de vivir sus convicciones religiosas y ejercer su libertad religiosa. ¿De verdad es tanto el sufrimiento, cuando nos someten a burlas o actitudes desdeñosas, simplemente por ser fieles a Jesús?

 

La próxima vez que me sienta tentado a mantener la boca cerrada, o a ‘bajarle el tono’ a mi fe, o dejarme llevar por las circunstancias de la cultura dominante a fin de no hacer ruido o no se les haga sentir incómodos, voy a recordar a un seminarista de Vietnam que conocí, cuyo hermano fue desollado vivo frente a él, en un intento de hacerle negar a Cristo. Mientras el hermano estaba siendo torturado, éste le dijo a su hermano seminarista, “No lo hagas! No niegues a Cristo!”

 



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