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Inicio : Comunidad y Fe : Columna Arzobispo Alexander K. Sample 22 de Septiembre de 2017

4 de Agosto de 2015 2:33:00 PM
La dignidad de las personas homosexuales y el matrimonio

Arzobispo Alexander K. Sample


"¿Quién soy yo para juzgar?" Es probable que esta sea la expresión más citada del Santo Padre, Papa Francisco, dicha en una entrevista de carácter informal. Esta expresión ha sido sacada de contexto en múltiples ocasiones e incluso se ha insinuado que el Santo Padre apoya todo tipo de situaciones como el estilo de vida gay o incluso el “matrimonio” del mismo sexo.

Sin embargo, sus palabras deben analizarse a la luz del contexto en que fueron expresadas ya que el Papa hablaba de la misericordia de Dios y el llamado a la conversión de las personas y de nosotros mismos que hace que dejemos los pecados en el pasado. La respuesta del Papa Francisco se refiería a una pregunta específica sobre una persona que había sido acusada de comportamiento homosexual en el pasado. En un contexto más amplio el Papa dijo:

“Yo veo que muchas veces en la Iglesia, se van a buscar ‘pecados de juventud’, por ejemplo, y se publican. No los delitos, ¡eh!, los delitos son otra cosa… No, los pecados. Pero si una persona, laica o sacerdote o religiosa, ha cometido un pecado y después se convierte, el Señor perdona, y cuando el Señor perdona, el Señor olvida y esto para nuestra vida es importante. Cuando vamos a confesarnos y decimos de verdad: “He pecado en esto”, el Señor olvida y nosotros no tenemos derecho a no olvidar, porque corremos el riesgo de que el Señor no se olvide de nuestros pecados. Es un peligro éste. Esto es importante: una teología del pecado. Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?... El problema no es tener esta tendencia; no, debemos ser hermanos…”

Por razones de espacio no he incluido toda la cita, pero para los  interesados, pueden buscar el texto de la cita completa en la página web del Vaticano. El punto es que de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia Católica tener inclinaciones homosexuales, no es un pecado en sí mismo. De hecho, la persona debe ser tratada con la dignidad de hijo de Dios. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. (Ver Catecismo de la Iglesia Católica, num. 2358).

Por otro lado, si la persona que experimenta una atracción sexual hacia otra persona del mismo sexo, participa en actos homosexuales, éstos actos son graves e intrínsecamente desordenados y objetivamente constituyen pecado grave (CIC, num. 2357). Sin embargo, el Papa ha recalcado que nuestro Dios es Dios de misericordia  y perdón. Si alguien peca pero se convierte y confiesa sus pecados, seran perdonados y el Señor olvida sus pecados. Debemos entonces perdonar y olvidar. Por consiguiente, “quién soy yo para juzgar?”

Entendida en su propio contexto, el Papa Francisco sencillamente repite de forma expresiva lo que la Iglesia ha enseñado con respecto a las personas que experimentan tendencias profundamente arraigadas hacia personas del mismo sexo. El Papa no estaba diciendo nada nuevo, y desde luego no estaba apoyando el “matrimonio” del mismo sexo como algunos han intentado sostener. En otros ámbitos, el Papa Francisco se ha expresado de forma clara y enérgica sobre el verdadero sentido del matrimonio que es entre un hombre y una mujer. En la audiencia general del 2 de abril de 2014:

“Al inicio del libro del Génesis, el primer libro de la Biblia, como coronación del relato de la creación se dice: ‘Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó... Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne’ (Gn 1, 27; 2, 24). La imagen de Dios es la pareja matrimonial: el hombre y la mujer; no sólo el hombre, no sólo la mujer, sino los dos. Esta es la imagen de Dios: el amor, la alianza de Dios con nosotros está representada en esa alianza entre el hombre y la mujer. Y esto es hermoso. Somos creados para amar, como reflejo de Dios y de su amor. Y en la unión conyugal el hombre y la mujer realizan esta vocación en el signo de la reciprocidad y de la comunión de vida plena y definitiva”.

Esta hermosa cita resume lo que hemos repasado en la serie de columnas sobre el matrimonio. El matrimonio por su propia naturaleza, es un reflejo del amor de Dios de una manera única y poderosa. Sólo un hombre y una mujer en su mutua reciprocidad y en la diferenciacion y complementaridad de los sexos, puede representar el amor de Dios. Asi es como Dios ha creado a los seres humanos, y estamos obligados por la ley de la naturaleza que está  inscrita en el cuerpo y alma del hombre y la mujer. 

Los actos homosexuales, incluso dentro de lo que denominan “matrimonio” del mismo sexo, no pueden representar ni reflejar el amor de Dios. Tales actos “son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso.” (CIC, num. 2357)

Es por ello que, no importa lo que un tribunal humano pueda decidir, el matrimonio no es posible entre dos personas del mismo sexo. El matrimonio, por su propia naturaleza, está ordenado al bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. El doble fin del matrimonio se manifiesta y revela poderosamente en la unión sexual de un hombre y una mujer unidos por el vinculo matrimonial.

Termino esta columna citando el Catecismo de la Iglesia Católica: “Estas personas [los homosexuales] están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición. Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una Amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana.” (CIC, nums. 2358-2359) Debemos aceptar, amar y apoyar a nuestros hermanos y hermanas que llevan esta cruz y hacer todo lo que esté a nuestro alcance para ayudarles a encontrar y vivir la bondad y la misericordia de nuestro Dios amoroso.

 

 

 





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