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Inicio : Comunidad y Fe : Columna Arzobispo Alexander K. Sample 24 de Septiembre de 2017

8 de Julio de 2015 6:15:00 PM
El amor conyugal y el don de la vida

Arzobispo Alexander K. Sample


El Papa, Beato Pablo VI, vaticinó –lo que para algunos eran predicciones exageradas-  lo que podría sucederle a la sociedad. Él predijo que podría aumentar la infidelidad conyugal, disminuirían los estándares morales, se despreciaría la reverencia debida a la mujer en su dignidad humana (para convertirlas en objeto de deseo para el hombre), y el gobierno interferiría en las dimensiones más íntimas y personales de la vida conyugal y el amor sexual.

Por qué el Santo Padre se adscribe a estas predicciones tan pesimistas? El predijo que estas cosas podrían suceder si los hombres y las mujeres cedían al uso y aceptación del control artificial de la natalidad. La enseñanza solemne y constante de la Iglesia sobre el mal intrínseco de todos los medios de anticoncepción artificial, fue reiterada en la Humanae Vitae, la  famosa encíclica papal de 1968.

Como indiqué, muchos pensaron que estas predicciones eran exageradas e histéricas. Sin embargo, basta observar lo que esta pasando en la sociedad aqui en los Estados Unidos y en el mundo. Cuando se publicó la Humanae Vitae, yo tenía solamente 8 años y he sido testigo de los cambios desconcertantes que han sucedido en la sociedad por estos 47 años.

La práctica y aceptación de las relaciones sexuales premaritales, la cohabitación sin matrimonio, el comportamiento homosexual, y la promiscuidad generalizada de múltiples parejas, es la práctica común y no la excepción. De hecho, esto es prácticamente un comportamiento que se espera y celebra en la televisión, las películas y los medios de comunicación social.

El aumento en la pornografía y el repugnante y degradante trato hacia la mujer como objeto sexual, en vez de como personas con una dignidad innata, causa problemas devastadores en las personas. Los gobiernos de todo el mundo promueven y algunos incluso obligan a utilizar la anticoncepción y el aborto como medio de "control de natalidad". Aqui en los Estados Unidos, nuestro propio gobierno ha violado gravemente la libertad religiosa de muchos de sus ciudadanos al obligarlos a pagar por la anticoncepción, drogas y los aparatos abortivos que forman parte de los planes de seguro para el “cuidado de la salud”.

Entonces, ¿qué tiene que ver la aceptación generalizada de la contracepción artificial con todo lo anterior? Que la contracepción, aunque no explica la totalidad de estas preocupantes tendencias sociales, ha contribuido mucho a su realización. ¿Por que? Porque cuando en el acto sexual se separa la dimensión procreadora y dadora de vida de la dimensión unitiva del acto conyugal, se abre la puerta a todo tipo de deformaciones del acto conyugal que deriva de la unión sexual. Cuando el sexo no tiene que ver con los niños, cualquier cosa vale.

Cabe recordar que la Sagrada Escritura y la Iglesia  nos enseña claramente que el matrimonio, por su propia naturaleza, se ordena al cumplimiento de dos fines o propósitos: el bien de los esposos y la procreación y educación de los niños. El Señor Jesucristo elevó el significado natural del matrimonio para los bautizados, a nivel de sacramento para que refleje el amor de Cristo por su Esposa, la Iglesia.

Esta doble finalidad o propósito del matrimonio tiene un reflejo hermoso en el acto conyugal por el cual los esposos se unen como hombre y mujer y se convierten en "una sola carne". El acto de la unión sexual constituye una bella y poderosa expresión del amor entre los esposos en la entrega y gozo mutuo. Pero esta unión sexual está al mismo tiempo- intrínseca y necesariamente ordenada a la procreación de una nueva vida y a la cooperación de los esposos con el plan de Dios. No hay que ser un teólogo o biólogo para darse cuenta que el acto conyugal es amor y nueva vida.

Interferir deliberada e intencionalmente contra esta doble finalidad natural del acto conyugal de la unión sexual y eliminar artificialmente la dimensión procreativa con intención anticonceptiva, constituye un acto intrínsecamente malo y un pecado objetivamente grave. Esta probado que separar el acto unitivo del acto procreativo,  distorsiona y desfigura el fin natural  de la union sexual en el matrimonio y abre la puerta a todo tipo de problemas en el matrimonio y en la cultura.

Come he declarado en mis columnas previas, el principio básico es que el acto sexual esta reservado única y exclusivamente para un hombre y una mujer unidos en matrimonio y aún dentro del matrimonio el acto conyugal debe estar siempre abierto a la transmisión de una nueva vida. El propósito y sentido "unitivo" y "procreativo" del acto conyugal debe siempre permanecer intacto.

San Juan Pablo II en su hermosa enseñanza sobre la "teología del cuerpo" reafirmó con fuerza esta enseñanza constante de la Iglesia. Como humanos, somos cuerpo y alma, y la dimensión física de nuestro ser no es accidental o superflua a nosotros. Lo que hacemos con el cuerpo comunica un lenguaje de la persona en su totalidad, y en el acto conyugal dentro del matrimonio comunica un lenguaje de amor y mutua donación.  Es una "mentira" pretender la entrega conyugal en la unión sexual si luego uno dice “Te doy todo mi ser y todo lo que soy, excepto mi fertilidad. La fertilidad te la niego”.

La Iglesia en la actualidad enseña claramente que las parejas casadas pueden  planificar el tamaño de su familia y espaciar la concepción de los hijos que Dios les quiera dar siguiendo el método natural del ciclo de la fertilidad de la mujer diseñado por Dios. Por causas justificadas, la pareja puede abstenerse de las relaciones sexuales durante los días fértiles del ciclo natural de la mujer. Desde luego, se necesita tener la valentia fuerza y virtud, pero los matrimonios que ponen en práctica la "planificación familiar natural" dan fe del impacto positive y poderoso que esto ha supuesto en su relación marital.

Sabemos que esta enseñanza es difícil y un gran reto de vivir y llevar a cabo. Todos, incluso los ministros sagrados de la Iglesia comprenden la dificultad. Sin embargo, el Beato Pablo VI anima a las parejas a abrazar esta enseñanza por el bien de su matrimonio, su familia y la sociedad entera.

“Afronten, pues los esposos los necesarios esfuerzos, apoyados por la fe y por la esperanza que "no engaña porque el amor de Dios ha sido difundido en nuestros corazones junto con el Espíritu Santo que nos ha sido dado"; invoquen con oración perseverante la ayuda divina; acudan sobre todo a la fuente de gracia y de caridad en la Eucaristía. Y si el pecado les sorprendiese todavía, no se desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la misericordia de Dios, que se concede en el sacramento de la penitencia. Podrán realizar así la plenitud de la vida conyugal,…”

(Humanae Vitae, n. 25)



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