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Inicio : Comunidad y Fe : Columna Arzobispo Alexander K. Sample 24 de Septiembre de 2017

11 de Mayo de 2015 2:50:00 PM
Más sobre la cuestión del divorcio y el matrimonio

Arzobispo Alexander K. Sample


En continuidad con mi columna anterior de esta serie de catequesis sobre el matrimonio, ahora estamos viendo los delicados y difíciles temas, que enfrentan las personas hoy en día. En esta columna vamos a examinar la cuestión del divorcio, la situación del segundo matrimonio y lo que eso significa para los católicos que enfrentan esa realidad en sus vidas. Es muy importante leer la columna anterior, "Pero al principio no fue así", en preparación para lo que sigue.

Quedó asentado que el propio Jesús nos enseñó que una persona que se divorcia de su cónyuge y se casa con otra fuera de la Iglesia comete el grave pecado de adulterio. Debido a la gravedad de este pecado, la persona que lo hace a sabiendas y libremente se encuentra a sí misma en pecado mortal. Esto significa, además, que la persona no debe acercarse al sacramento de la Sagrada Comunión, igual que cualquier otra persona que comete un pecado mortal del cual no haya sido absuelta en el Sacramento de la Penitencia.

Se debe entender que esto no es un "castigo" que impone la Iglesia a la persona que se divorcia y se vuelve a casar sin haber obtenido la anulación del primer matrimonio. No es simplemente una "regla" de la Iglesia, hecha por el hombre, que simplemente pudiera ser cambiada. Es un tema que toca en las cosas más profundas que creemos sobre la permanencia y la indisolubilidad del matrimonio y lo que creemos acerca de la Sagrada Eucaristía. Una vez más, les pido leer por favor mi columna anterior. Es una enseñanza arraigada en las palabras del propio Jesús, en el testimonio del Nuevo Testamento y en la enseñanza constante de la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo.

Lo difícil de esta cuestión es, en parte, que a diferencia de la mayoría de los otros pecados mortales, la persona que se divorció y volvió a casar fuera de la Iglesia no puede simplemente ir a la confesión, obtener la absolución y volver al sacramento de la Sagrada Comunión. ¿Por qué no? Porque el estado de pecado mortal persiste si la persona permanece en el segundo matrimonio y continúa una relación sexual con su pareja. Parte de lo que es necesario para recibir válidamente la absolución en la confesión es la firme voluntad y la intención de no participar más en el pecado. La persona divorciada y vuelta a casar civilmente que, después de confesarse, tiene la intención de continuar con la relación sexual, regresa a la misma condición de pecado. No podemos olvidar que, hasta que se demuestre lo contrario, el primer matrimonio de la persona sigue siendo válido.

Una vez más, es difícil aceptar y vivir esta desafiante enseñanza de nuestra fe cristiana. Pero tenemos que ser fieles a la enseñanza de Jesús y su Esposa la Iglesia, permaneciendo enraízados en la verdad del matrimonio como se nos dio a nosotros por la mano de Dios. No tenemos otra opción, a menos que abandonemos lo que Cristo nos ha entregado.

Entonces, ¿qué esperanza hay para los católicos divorciados? ¿Cómo podemos nosotros como Iglesia (todos nosotros) responder a la difícil y dolorosa situación en que se encuentran tantos de nuestros hermanos y hermanas? Debemos responder con misericordia, amor y compasión de una manera que también defienda y respete la dignidad y la indisolubilidad del matrimonio. Este otoño, todos esperamos con ansiedad los resultados del Sínodo sobre el matrimonio y el consejo pastoral que traerá consigo. Mientras tanto, hay algunas cosas a tener en cuenta.

En primer lugar, debemos tener en claro que no es el divorcio civil en sí mismo lo que impide participar en la vida sacramental de la Iglesia. Hago hincapié en esto porque, durante mis 25 años de sacerdocio, me he encontrado con un sinnúmero de personas que están bajo esa falsa impresión. La cuestión es que haya un segundo "matrimonio" fuera de la Iglesia. Si una persona simplemente se divorcia de su cónyuge en los tribunales civiles (que la Iglesia no reconoce como una disolución del vínculo), pero no intenta un segundo matrimonio, y no convive con otra persona en una relación sexual, entonces esa persona puede recibir los sacramentos de la Iglesia, en las mismas condiciones que todos los demás en la Iglesia.

En segundo lugar, tenemos que encontrar una manera de dar la bienvenida e incluso involucrar a los divorciados vueltos a casar civilmente, en la vida de la Iglesia, mientras que tratan de rectificar su situación. Me doy cuenta de que es difícil para la gente aceptar que, aunque no reciban la Sagrada Comunión no están impedidos o excluidos, sino que siguen siendo parte de la Iglesia. Debemos mostrar comprensión, paciencia y apoyo a los que luchan con esta realidad. Hay que alejarse de la idea de que todos los presentes en la Misa deben recibir la Sagrada Comunión en todo momento y bajo cualquier circunstancia. Si todos tomamos la Sagrada Comunión más en serio y realmente nos examinamos a nosotros mismos, hay probablemente muchos más de nosotros que en cualquier domingo podamos no encontrarnos adecuadamente dispuestos para recibir la Sagrada Comunión. Una vez más, vean mi columna anterior.

Tenemos que encontrar una manera de evitar que los divorciados vueltos a casar civilmente se sientan "estigmatizados" y "marginados" en la Iglesia. Todavía son nuestros hermanos y hermanas y necesitan nuestro amor, comprensión, apoyo y ayuda. Conocí a una persona que, a pesar de haberse divorciado y vuelto a casar por lo civil, seguía participando en todo lo que fuera posible en la vida de la Iglesia. Por décadas, esa persona fue fiel en la asistencia a misa, aunque no pudiera recibir la Sagrada Comunión. También ofreció sus dones y talento en muchos aspectos a la comunidad de su parroquia y de la Iglesia en general. Yo me sentí muy feliz de reconciliarlo en su lecho de muerte. De alguna manera en esto, me parece un modelo para ayudar pastoralmente estas buenas personas.

Por último, debemos ayudar a los que están divorciados vueltos a casar civilmente a "regularizar" (rectificar) su situación matrimonial. Debemos hacer todo lo que podamos para ayudarles a acercarse al tribunal de la Iglesia para examinar la validez de su primer matrimonio. Si ellos solicitan a la Iglesia que se examine su primer matrimonio, y si la Iglesia llega a la certeza moral de que su primer matrimonio no era válido desde el principio, entonces pueden tener la libertad de tener su segunda unión validada en la Iglesia. Esto puede ser un proceso difícil y desafiante, pero también trae consigo una gran paz y sanación. Debemos hacer todo lo que podamos para apoyar y ayudarlos a través de este proceso.

Al final, si su primer matrimonio se encuentra válido, entonces tienen la opción final de vivir sus vidas en su segundo matrimonio civil como "hermano y hermana", sin la unión sexual. He conocido a algunas personas muy santas y inspiradoras que han elegido este camino. La gracia y la misericordia de Dios viene en su ayuda.

Si alguien tiene preguntas con respecto a su propia situación o la forma de abordar el tribunal del matrimonio, por favor, póngase en contacto con su párroco local. Él estará encantado de ayudarle en todo lo posible. En todo momento, sepan que son amados y nunca abandonados por el Señor y su Iglesia.

 



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